Recuerdo un estudio realizado en Chicago sobre el tema. Richard Millar, Phillip Brickman y Diana Bolin (1) , intentaron persuadir a estudiantes de quinto año de que fueran limpios y ordenados. A un grupo de ellos, se los capacitó explicándoles con charlas y conferencias la importancia de ser ordenado y limpio, así como temas de ecología y polución.
A otro grupo sin darles estas charlas, se los comenzó a definir como “limpios”, “ordenados” y “prolijos”. Al terminar el experimento, los estudiantes que por azar habían sido determinados “limpios”, tiraban tres veces más cantidad de basura en los tachos y tenían su lugar de estudio ostensiblemente mejor organizado que aquellos que habían escuchado las charlas.
De forma no menos arbitraria, en los kioscos de diarios, cierto tipo de mujeres son designadas deseables y hermosas, y cierto tipo no; ciertas profesiones son sinónimo de éxito, y otras de fracaso, etc.
Para los agraciados por este flujo de tendencias les queda la eterna obligación de mantener su status de ser “modelos” y la presión, con sus consecuencias psicológicas, suele ahogarlos en drogas, alcohol o las favoritas enfermedades estéticas. Para los otros, siempre culpables por no alcanzar un handicap específico para el target deseado, les queda redimir su culpa con grandes rounds masoquistas de dietas y operaciones que los acerquen más a lo que la “totalidad” desea. El común denominador de ambos: la infelicidad.