Et in Arcadia Ego...

5.8.04

Un Epílogo

Escribí esto anoche en mi vieja máquina de escribir. Es una expresión de un sentimiento, expresado lo más claramente que puedo con algo tan inexacto y limitado como el lenguaje. Probablemente termine siendo (en esta u otra manifestación) la escena final de mi libro. Espero que les guste. Al primero que descubra al menos tres simbolismos le doy un premio.


Al final del Camino había un terreno abandonado. No había nada alrededor, ni siquiera estaba cercado. Un solitario cuervo estaba posado en una pala oxidada, clavada en la tierra y olvidada mucho tiempo atrás. El sol de media mañana me quemaba, era uno de esos días en que éste parecía haberse olvidado que era invierno.

Sentí una extraña paz en medio de la desolación. Sorprendentemente, no me sentía solo, todo lo contrario. Estaba abrumado por una sensación de totalidad, una experiencia mística como ninguna otra. Ya no veía arbustos y nubes, no había diferencia entre ellos. Arriba y abajo eran lo mismo para mí. Me quedé mirando al Sol, él y yo éramos los únicos existentes. Empecé a lagrimear, en parte por su radiancia. Qué triste, que no pudiera observarlo como hacía con la Luna en las noches de verano. No sólo no podía volar hasta él con alas de plumas y cera, tampoco podía admirarlo de lejos, mirarlo cara a cara, la única forma de mirar. Qué injusto.

Un graznido me sobresaltó, rompiendo el hechizo. El cuervo me miraba fijamente, como midiéndome. Después de un eterno instante de reconocimiento, se elevó por el aire. Lo seguí con la mirada mientras surcaba ese cielo invernal, majestuoso e inalcanzable. No podía verlo con claridad por las lágrimas, pero al pasar por delante del Sol, eclipsándolo, pareció detenerse, indefinidamente suspendido en su gloria.

Estiré mi mano por sobre mi cabeza, no sé si para tapar mi vista o a forma de saludo, y con ese gesto me inundó el recuerdo.

Era una tarde pegajosa de verano, creo que tenía seis o siete años, quizás menos. Unos amigos de mis padres estaban de visita, charlando con mis padres mientras yo miraba televisión. De repente escuché que todos salían, y corrí hacia la puerta de casa, entre asombrado y asustado. Estaban todos apiñados del otro lado, y me escabullí entre mis padres para ver qué hacían. El amigo de mis padres estaba arrodillado, con sus hijas y mis hermanas sentadas alrededor suyo en la vereda, sus rostros inocentes de hadas mirando atentamente un objeto que él tenía entre sus manos. No podía ver qué era, pero el misterio no duró mucho, gritó "Ahí va", y vi que algo salí despedido de sus manos.

Era un pájaro artificial, un artilugio de plástico y alas de papel, impulsado por una goma elástica enrollada que, al desenredarse, provocaba el aleteo de sus alas y su cola, logrando así el milagro.

Nunca vi nada igual en mi vida, algo tan simple y tan hermoso que podía elevarse a pesar de (o gracias a) sus limitaciones. No recuerdo haber experimentado lo mismo en ninguna otra ocasión. Ese pequeño autómata hizo que, al menos por un minuto, una vez en mi vida, el mundo estuviera lleno de posibilidades. No recuerdo qué ocurrió después, si cayó o siguió volando por siempre, alejándose de mí, del mundo, de la memoria. Pero siempre siguió volando en mi corazón, aunque lo hubiera olvidado, enterrado bajo montañas de memorias deslucidas y vivencias de segunda mano. Ese momento mágico, fue mi único encuentro con la divinidad, con esa belleza eterna, etérea pero concretizada en una manifestación irrepetible.

Sonreí, dándome cuenta que eso que había estado buscando desesperadamente toda mi vida había estado todo el tiempo en mi interior. Estaba en la palma de Buddha, y éste había abierto sus ojos para mí. Podía quedarme allí por siempre, ésa era la realización, la única felicidad verdadera, que no dependía de nadie ni de nada. Solo de mí.

Pero aprendí la lección de Ícaro. No se puede existir allí donde los dioses habitan, sólo podemos echar un vistazo a la verdad que yace del otro lado del espejo, y traer una brasa de ese fuego imperecedero de vuelta al reino, para tratar de alumbrar el camino. Las estrellas no son para los hombres.

Bajé mi mano y el cuervo siguió su vuelo, ignorando lo que había provocado en mí. "Adiós", susurré en silencio, y con una sonrisa y nada de apuro, emprendí el camino de vuelta al mundo.



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